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lunes, 30 de junio de 2014

Crónica: Gala de entrega de premios de la 54ª edición del Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos de Relato Corto

¡Muy buenas a todos!
Como ya expliqué en este post, Coca-Cola organiza desde hace más de cincuenta años un concurso de escritura a nivel nacional, destinado a jóvenes que cursan segundo de ESO.


Tuve la suerte de poder participar el año pasado, en la edición 53, y tuve más suerte aún al conseguir quedar en segundo puesto nacional :'''''''D
Gracias a ello, viajé a Londres con los otros diecinueve jóvenes talentos y a Madrid junto a los cinco finalistas. Fueron unos días mágicos, mágicos de verdad. Imposibles de olvidar. Parece que, en lugar de ocho días, pasáramos juntos varias semanas. Y aunque siempre estamos intentando quedar para poder vernos, lo de que cada uno viva en una comunidad del país dificulta bastante las cosas. Este verano ya habíamos dado por imposible el reencuentro. Al menos, hasta que a los seis finalistas nos llegó esta carta:

ADHEWOIAFJDNQWIUGDHJEOWUDHENWOADUAGIDHNQOUDBHEUHQDFOWEUFGBH HYPEHYPEHYPE

Estábamos que no nos lo creíamos. No solo íbamos a volver a vernos (además, exactamente un año después de despedirnos :''')), sino que, por si fuera poco, tendríamos la oportunidad de visitar la Real Academia Española y de conocer a los nuevos Jóvenes Talentos.

El día 27 yo estaba bastante cansada (por culpa de las cinco horas y media de tren el día anterior y el hecho de perdernos por la noche buscando la RAE), pero conseguimos llegar cuando estaban allí los diecisiete finalistas y las monitoras. Estuve charlando con ellos, que no aguantaban de los nervios, ya que en menos de una hora sabrían quiénes eran los ganadores del certamen. Además, María, una de las monitoras, había estado en Madrid el año pasado, así que fue genial poder volver a verla :')

Minutos después llegó otro autobús a la Academia, cargado de padres y profesores que acompañaban a los diecisiete. Una de las últimas personas que bajó no era un padre, ni un profesor, sino Aitana, la ganadora del año pasado. Ahí fue cuando tuvimos el primer gran reencuentro del día.

Aitana y yo sin terminar de creer que estuviéramos hablando en persona en lugar de por whatsapp ni que estuviéramos a punto de entrar en la RAE.

Al momento nos pareció ver una mata de pelo rizado... En efecto, era Raúl, otro de los finalistas del año pasado. Corrimos para darle un abrazo de grupo, y justo en ese momento llegó Alicia para completarlo.

Aquí seguíamos sin creérnoslo del todo. Faltaban dos finalistas: Elvira, que no pudo venir, y Sandra, que llegó algo más tarde. La alfombra era muy mullida, por cierto. Se te hundían los pies al andar.
El acto estaba a punto de empezar, así que entramos en la Academia y subimos las escaleras hasta llegar a la sala en la que tendría lugar. Justo antes de entrar nos encontramos con Elia, la organizadora que viajó con nosotros el año pasado, y le dimos un gran abrazo también :'''')
En menos de quince minutos ya estábamos todos sentados en los asientos (casi tan mullidos como la alfombra, por cierto) y la gala dio comienzo. Mara Torres fue la encargada de abrir el acto, con un discurso en el que nos hizo la gran pregunta de ¿por qué escribimos? Ella misma respondió, citando a Gabriel García Márquez: "Porque quiero que me quieran". Tras esto, hizo un pequeño homenaje a la recientemente fallecida Ana María Matute, académica que ocupaba la letra K, haciendo especial énfasis la última frase del discurso que dio al recibir el premio Cervantes: "Quien no inventa, no vive".

Darío Villanueva, secretario de la RAE, que subió al escenario a darnos la bienvenida, explicar parte de la historia de la Academia y dedicar, también, unas palabras a Ana María Matute.
Después llegó el turno de José Nuñez Cervera, presidente de Coca-Cola Ibérica (y paisano algecireño mío :)), que resaltó la importancia de la Fundación Coca-Cola a la hora de difundir la cultura entre los jóvenes del país, con premios como el Jóvenes Talentos de Relato Corto y los Buero de Teatro Joven.
La última persona que cogió el micrófono antes de que se entregara la primera tanda de premios fue Anxo Perez, lingüista que habla nueve idiomas, creador del método 8belts (ese que salió en el Hormiguero y que permite hablar en chino en ocho meses) y, aunque él nos dijo que no, todo un motivador. Su discurso hablaba de cómo conseguir llegar al éxito, y nos pidió que recordásemos al menos una de las cuatro máximas que explicó. Yo me quedo con "que las utopías no puedan conseguirse no quiere decir que no deban buscarse".

"No admires el éxito, admira el esfuerzo."

Y entonces fue cuando empezaron a repartirse, en tres tandas, los premios. Entre serie y serie, una banda de jazz liderada por Eva Férnandez (menuda voz más increíble que tiene esta chica) interpretó dos canciones para amenizar el acto, y Aitana leyó una versión acortada de su relato ganador.
Al fin llegaba el que era, para los diecisiete finalistas de este año, el momento más esperado de la gala: el anuncio de quiénes serían los tres ganadores nacionales. Para hacerlo aún más emocionante, Mara Torres leyó un fragmento de cada relato seleccionado antes de nombrar a su autor. Tras unos minutos de nervios y alegría, la cosa quedó así: 

— En tercer puesto, Inés Ballesteros Gutiérrez, de Cantabria.
— En segundo lugar, Carmen Arellano Benito, de Extremadura.
— En primer lugar, Alicia Carreras Hernández, de Guadalajara.

¡Muchas felicidades a las tres! Ahora les espera, junto al resto de finalistas, una semana llena de actividades en Madrid: clases de escritura creativa, taller de cine, de percusión, gymkanas por la ciudad... Y muchas sorpresas más ;)
Como punto final de la gala, José Manuel Blecua, Presidente de la Real Academia Española, cerró el acto con un discurso y una foto de grupo con los ganadores y las personalidades encargadas de entregar los premios.

Foto de familia :')

Hubo un pequeño cóctel en el jardín de la Academia (el queso estaba buenísisisisimo :D). Tuvimos la suerte de estar también invitados a la comida en la Residencia de Estudiantes que tendrían los finalistas con sus padres y profesores. Allí pudimos conocerlos y charlar un buen rato con ellos, y tengo que decir que son un encanto y que me lo pasé genial :'''')
Aunque, claro, no todo podía ser bueno. Por la tarde llegó el momento de la despedida... y, en fin, qué decir. Muchas gracias por otro día mágico, por las risas y las lágrimas, por todo. No recordaba lo que duelen las despedidas, aunque espero que haya muchas, muchas más. Eso significaría que volveremos a vernos muchas, muchas otras veces. Y los recuerdos compensan mucho, mucho.

Os echo de menos. 
Algunas cosas más que puede que os interesen:
  • En esta web podréis leer los relatos ganadores de este año en unas pocas semanas. Para hacer más entretenida la espera podéis hacer click en el botón en el que pone 53ª edición y leer los relatos de los finalistas del año pasado (los nuestros :'''') o de cualquiera de las otras ediciones. Animaos, que son geniales.
  • En la RAE, fue increíble el hecho de poder conocer a académicos, periodistas y todo tipo de personalidades relevantes del mundo de las letras, como Luis María Anson o José Manuel Blecua. Eran muy agradables y muy cercanos y :')
  • Resultó que, además, Mike (@MikeKiddo) y Hermochi (@Hermochi), dos bloggers genialísimos que me encantan, también estaban allí, junto con Luz (@HCLuz). Haced click en sus nombres para pasaros por sus blogs si os gustan las buenas reseñas :D



Muchísimas gracias a Coca-Cola por la invitación, y por organizar año tras año este concurso que, de verdad, me ha cambiado la vida. De verdad.

Un saludo,
Oniros.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Day turns, today turns, today turns, today turns, today turns, today...



Los números son curiosos.

El año pasado fue el doce de diciembre del dos mil doce. El 12/12/12. Una fecha mágica, más aún teniendo en cuenta que probablemente no lleguemos a la próxima coincidencia de día/mes/año.
Ese día, a las doce y doce del medio día, pedí un deseo y le di un plazo de un año para cumplirse.
La última vez que actualicé el blog fue el cuatro de septiembre. Parece ser que por mucho que diga que voy a ponerme, que voy a hacer que esto sea algo en condiciones, no lo consigo. Después de muuuuucho tiempo, he abierto blogger y me he dicho que al menos tenía que publicar una entrada, que era la ausencia más larga que he tenido. Me ha dado por contar los días que os he dejado abandonados a los pocos que me leéis (si es que seguís por aquí). Y ha dado la maravillosa casualidad de que, incluyendo el día de hoy, han pasado exactamente cien días.
Cien días. No uno más. No uno menos. Exactamente cien.
El blog empezó en su cabecera con un "Tengo doce años. Me gusta escribir. Y espero que a ti te guste leer lo que escribo." Doce. Ahora ya tengo catorce.
Y hoy es el doce de diciembre, y aunque no sea el año dos mil doce, sigue siendo un día mágico. Y sé que es una tontería, que son solo números, y los números siempre acaban conectándose entre sí, pero nada me impide soñar. Y tampoco sé qué es lo que quiero soñar, porque en mi cabeza todo está muy claro, pero ni yo misma lo entiendo cuando lo intento sacar de allá arriba.

Disculpad que me vaya por las ramas, pero supongo que lo necesitaba.
Lo que quería decir de verdad es que sigo aquí, y que voy a intentar actualizar el blog con regularidad (es la primera vez que digo esto, ¿eh?). Pero, ¡sorpresa!, no solo voy a intentar eso:


LISTA DE COSAS QUE ONIROS VA A INTENTAR Y QUE PUEDEQUEALOMEJORCONSUERTE DEDICACIÓNDESPUÉSDETODO CONSIGA
  • Terminar de una vez por todas la historia de El hombre de los ojos verdes. Sí, Calegoría y su gente están incluso más abandonados que el blog en sí. Hace como año y medio que sé exactamente el número de capítulos que quedan, qué va a ocurrir en cada uno de ellos y cómo acaban los chicos (y Pump :D) y también sé quién es el traidor/a pero no os lo voy a decir porque no sería muy glamuroso. He pensado en, al terminarla, reescribirla desde el principio. Supongo que en estos años he mejorado algo mi escritura, y ¿qué mejor forma de comprobarlo que reescribiendo una historia? Así que será como cuando los escritores que ya están forrados sacan ediciones especiales de sus sagas con contenido extra y escenas nunca vistas (?). Por cierto, el fin de semana pasado compré El Ciclo de la Luna Roja, de José Antonio Cotrina menuda maravilla de trilogía leedla por favor necesitáis leerla y algunas cosas me recuerdan (bastante) a El hombre de los ojos verdes lo cual es preocupante teniendo en cuenta que hasta hace un par de meses no  sabía que esta saga existía a lo mejor veo el futuro.
Leed esta maravilla. Por favor.
  • Subir alguna reseña de vez en cuando. Sí, es otra de las cosas que ya he dicho muchas veces y que nunca hago. Pero me gusta leer libros, me gusta que la gente los lea y me gusta dar mi opinión. Así que perfecto si no fuera tan vaga y si no tuviera tantos exámenes pero the sky is the limit.
  • Empezar más historias. Pero, Oniros, si no eres capaz de llevar una historia sola, ¿cómo vas a llevar más?, grita mi conciencia. Y yo la ignoro y aquí seguimos las dos. 
  • Terminar una novela. Esto aparece tachado para que os parezca que está aquí por error, ¡pero no! Lo de terminar una novela va muy en serio. Porque empezarla es fácil, todo el mundo puede hacerlo si quiere, pero terminarla... Terminarla es harina de otro costal. He empezado muchas, muchísimas, y también son bastantes las que tengo avanzadas. Pero nada. No paso del primer borrador. Y voy a conseguirlo. Voy a conseguirlo.
Y me despido pero no me despido. 
Un saludo,
Oniros.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Viaje a Londres de los finalistas del CJT.

Han pasado más de dos meses, pero viendo este vídeo parece que seguimos allí. Si conocéis a alguien aficionado a la escritura, animadle a participar en el Concurso Jóvenes Talentos de Relato Corto cuando esté en segundo de la ESO. Es una experiencia inolvidable, lo más cercano a la magia que he vivido en mucho tiempo. De verdad.



viernes, 2 de agosto de 2013

Finalistas del CJT en Madrid.

Si en una entrada anterior os decía que era imposible describir tantas emociones con palabras, os aseguro que este vídeo, aunque sea a través de imágenes, lo consigue.

miércoles, 31 de julio de 2013

El último capítulo.



El cielo gris de Londres tembló una vez más esa mañana y, asustada ante la posibilidad de que su pelo recién planchado se mojara, Ruby Wibberly aceleró el paso para refugiarse bajo un porche. Cansada por el esfuerzo, rebuscó entre los trastos de su bolso la tarjeta roja que tanto le había costado encontrar. La leyó de nuevo:

POSITIVIDAD 
RAUDALES (Artista)
Imagination Street 25, Londres
positividadr@imaginando.com

"El problema", se dijo a sí misma, "es que no existe ninguna calle como esa en Londres".
Un trueno partió la ciudad en dos. Ruby levantó la vista de la tarjeta y se encontró frente a frente con una vieja tienda que, pocos segundos antes, no había estado allí. Con los ojos muy abiertos, la chica se acercó al lugar. En un enorme cartel rojo que colgaba de la puerta, se podía leer:

POSITIVIDAD 
RAUDALES 
Artista

Sin tener muy claro si salir corriendo o volver a leer la tarjeta para comprobar que era el sitio que buscaba, Ruby Wibberly entró en el lugar. Al empujar la puerta, sonó una campanilla de metal.
— ¿Hola?¿Hay alguien?
Nadie respondió. Ruby examinó con la mirada las amplias estanterías de madera que ocupaban la tienda. Estaban repletas de libros antiguos, encuadernados en cuero y con las páginas amarillas. Olía a humedad y a podrido, y el suelo crujía a cada paso que Ruby daba. Desesperada, bajó los hombros y se dirigió a la puerta, cuando el sonido de un trueno la paró.
— ¡Eh chica!¿Adónde vas? — gritó una voz que provenía del mostrador. Un chaval de unos catorce años estaba recostado en una silla de pino. — No habrás entrado por entrar, supongo.
Ruby, molesta por la actitud impertinente del chico, dio media vuelta hasta llegar al sitio en el que estaba.
— Pues sí. Venía buscando a una escritora que vivía aquí, Positividad Raudales, pero supongo que tú no me puedes ayudar…
— Te equivocas. Sí que te puedo ayudar. — Dijo el muchacho, con una sonrisa burlona en los labios. — Positividad era la propietaria de  la tienda hasta hace dos meses. Mi padre la compró después.
— Pero eso es imposible. En la puerta ponía que…
Otro trueno iluminó la oscura tienda. Ruby vio a través de una gran cristalera un cartel azul y verde que, con pomposas letras negras, decía:

ANTIGÜEDADES WILLIAMS BROS

— Te has debido confundir. La poca gente que viene siempre dice lo mismo. Seguro que buscas a Positividad por su libro rojo, ¿no? El que no tiene título.
Ruby entrecerró sus ojos y los fijó en los azules del chico, para saber si podía confiar en él. Al final, sacó de su bolso un pequeño libro rojo que no tenía nada escrito en su portada.
— Vas a creer que estoy loca.
— Eso lo creo desde que entraste.
Tras un intercambio de miradas, Ruby continuó.
— Este libro es mágico.
— Claro.
— ¡Lo digo en serio! Mira, la primera vez que lo abrí no me di cuenta. Lo encontré en la biblioteca de mi colegio, lo iban a tirar. No era un mal libro, ¿sabes? Explicaba cosas normales, cosas del día a día, pero de una forma tan convincente, que acababa aprendiendo a hacerlas.
— Ya, por supuesto.
— El primer capítulo — siguió Ruby, ignorando la interrupción del chico. — habla sobre cómo se debe tocar un piano. Yo no he ido en mi vida a clases de piano, pero en un par de días compuse mi primera canción.
— La suerte del principiante.
— El segundo capítulo explica cómo hay que resolver problemas de física avanzada y…
— Seguro que la física se te da bien.
— El trimestre pasado me quedó con un dos de media. Ahora saco notables en todos los exámenes. El tercer capítulo…
— ¡Bueno, vale! Si el libro ese es tan maravilloso, ¿para qué quieres hablar con su autora? Porque si fuera para decirle que eres fan suya, hubiera bastado con enviarle un e-mail.
— Mi libro tiene un error de imprenta.
Sin esperar contestación por parte del muchacho, Ruby abrió el libro por una de las páginas finales. Era el último capítulo del volumen. Su título era: "CÓMO SER FELIZ". La página estaba en blanco.
— Pero s…
— ¡Espera! — dijo Ruby. Pasó a la página siguiente, y a la siguiente y a la siguiente hasta que acabó el libro. Todas estaban vacías. — Necesito saber cómo acaba el libro. Necesito saber cómo ser feliz. Por eso he venido. Quería que Positividad me explicase el último capítulo. Todo lo que leo en este libro, aprendo a hacerlo en la vida real. Necesito saberlo.
El chico miró las páginas vacías y una sonrisa revoloteó entre sus labios.
— ¿Y si no es un error de imprenta?¿Y si el libro es realmente así?
— No puede ser...
— Sí, tiene sentido. Piénsalo. ¿Qué quiere decir Positividad dejándolo en blanco?
— Que no sabe cómo ser feliz, ¿no?
— Algo parecido. El libro está sin acabar, ¿no debería alguien hacerlo?
Ruby frunció el ceño. Estaba empezando a comprender lo que el muchacho de ojos azules intentaba decirle.
— El último capítulo tengo que escribirlo yo.
— ¡Exacto! — Dijo el chico con alegría. — Nadie puede dar la fórmula para la felicidad de los demás, porque solo tú mismo sabes qué cosas te hacen felices. Por ejemplo, a mí me encanta comer helado de pomelo.
— ¿Helado de pomelo?¿Eso existe? — rió Ruby.
— ¿Ves a lo que me refiero? Eres la única que puede escribir el final del libro.
— Soy la única  que puede decidir cómo ser feliz.
El muchacho sonrió. Ahora, a Ruby no le parecía tan impertinente. Se despidió de él con la mano y, acompañada por la campanilla de la puerta y por un fuerte trueno, salió a la calle. Mientras la lluvia le caía en el pelo, pensó en volver a la tienda  a agradecer al muchacho su ayuda. Al girarse, el cartel azul y verde de los hermanos Williams ya no estaba en su sitio. Había sido sustituido por uno rojo que rezaba:

POSITIVIDAD 
RAUDALES 
Artista

Tras la ventana de la tienda vio a una mujer mayor con el pelo rizado, que comía con una cucharilla lo que Ruby identificó como un helado de pomelo. El muchacho de los ojos azules estaba a su lado, en la silla de pino. Le guiñó un ojo a Ruby. Ella le devolvió el gesto y, tras un trueno, la tienda volvió a ser Antigüedades Williams Bros.
Ruby pensó que las cosas inexplicables - las cosas mágicas - se merecían estar presentes en el último capítulo del libro.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Pisadas en la luna



Cuando Luis se despertó aquel día, tuvo la sensación de que a partir de entonces todo iba a ser distinto. Llegó al colegio cinco minutos antes de lo que solía hacerlo siempre; era el primer día, y quería causar buena impresión a su nuevo tutor. Sus compañeros del año anterior le saludaban con la mano, y bostezaban y se frotaban los ojos, porque tenían mucho sueño. Luis buscó a sus amigos entre la multitud de alumnos que correteaban de un lado para otro. Los encontró a todos sentados en el suelo, formando un círculo en cuyo interior destacaba un niño rubio que no había visto nunca antes.
— Se llama Douglas. — había dicho Jorge. — Es de Inglaterra, y habla inglés mejor que el profesor.
Al principio, Luis no se lo creyó, porque Inglaterra estaba muy lejos, y el profesor era la persona que mejor hablaba inglés del mundo. Pero después lo escuchó hablar, y resultó que era verdad, ¡verdad de la buena! Los chicos le preguntaron si en Inglaterra había buenos profesores de inglés, y Douglas no respondió. Germán lo repitió, por si no se había enterado, pero él siguió sin decir nada. ¡Vaya maleducado!, pensó Luis. Y lo mismo pensaron sus amigos, porque todos se fueron a la fila sin decirle nada a Douglas, y eso que nunca lo hacían antes de que tocara el timbre.
Ese mismo día, conocieron en clase a su nuevo tutor, Damián. Era muy bueno y divertido, pero cojeaba. Leyó de una lista los nombres de todos los compañeros y, después, les preguntó qué querían ser de mayores. Germán quería ser futbolista; Jorge, cocinero. Cristian, otro de sus amigos, dijo que quería ser profesor, pero a Luis le pareció que sólo lo decía por hacerle la pelota a Damián. Cuando llegó el turno de Douglas, el tutor le hizo la pregunta en inglés, y el niño también respondió en inglés. El último fue Luis, y se puso muy nervioso, porque no sabía qué quería ser de mayor; le gustaban muchas cosas. Damián le dijo que no pasaba nada, porque él antes de ser profesor, había tenido muchos oficios. Contó que al principio había sido caballero. Cuando pasaron unos años, se cansó de matar dragones y salvar princesas, porque los caballeros tenían que seguir muchas reglas, y se hizo pirata. Surcó los siete mares junto con su tripulación, un loro y una pata de palo. En uno de sus viajes se hizo amigo de un mago alquimista. Este le enseñó un poco de su magia, y a Damián le gustó tanto que decidió hacerse su aprendiz. Compró una varita y, poco a poco, se hizo un experto en la preparación de pociones, convirtió a su loro en un fiel lobo que le acompañó en todos sus viajes, y aprendió el secreto de la transformación del plomo en oro. Cuando intentó arreglar su pata de palo, el hechizo le salió mal, y por eso cojeaba. Así que se hizo médico para intentar arreglar del todo su pierna. Tras eso, fue cantante, futbolista, otra vez pirata, juglar, investigador, guerrero…
Cuando el timbre volvió a sonar, señalando el comienzo del recreo, Luis se sorprendió al ver que no le apetecía salir a jugar. Quería seguir escuchando las historias de Damián, al igual que sus amigos. En el recreo todos comentaron las increíbles aventuras del tutor. 
— Yo creo que se lo ha inventado. No se puede ser mago y después guerrero. Los magos y los guerreros se llevan muy mal. — razonó Cristian.
— ¿Entonces cómo es que cojea?
— No sé, a lo mejor se cayó de unas escaleras...
— Yo creo que es verdad, porque los caballeros nunca mienten; va contra las normas de caballería.
— Pero si dejó de ser caballero, ahora puede mentir...
Así pasaron los días Luis y su pandilla. Clase tras clase, Damián conseguía que todos los alumnos estuvieran embobados con sus explicaciones. Una vez les explicó que la letra q había luchado fieramente en una batalla contra la letra e y la letra i. Al final, la u se había encargado de unirlas para que se llevasen mejor, y que para que sus palabras no se pelearan, debían escribir siempre que y qui con la u en medio. Al final del curso, ningún alumno había sacado malas notas, ni si quiera Douglas, que nunca hablaba en español. Luis acababa de enterarse que en Inglaterra no se hablaba español, sino inglés. ¡Qué cosa más rara!, pensó el chico. 
El último día de clase, todos se despidieron de Damián con mucha pena, y le dieron un fuerte abrazo, porque el año que viene ya no sería su tutor. Esperaban, igualmente, encontrarlo por los pasillos y que siguiera contado sus maravillosas historias. Pero no fue así. Al año siguiente, Damián ya no estaba en el colegio.  A todos les sentó fatal, pero les gustaba pensar en los miles de posibles trabajos que podría tener Damián a partir de entonces.
Pasó mucho tiempo hasta que los chicos volvieron a ver a su antiguo tutor.
Era un día muy caluroso, hasta para ser junio. Luis se preparaba para su graduación; al año siguiente iría a bachiller. Se ajustó la corbata y salió a toda prisa hasta llegar a su colegio. Su familia ya estaba sentada en el Salón de Actos, esperando a que todo comenzara. Luis salió al patio del colegio a tomar un poco de aire y a refrescarse. Allí encontró a sus amigos, sentados en el suelo de la misma manera que el día que conoció a Damián. Jorge, Germán, Cristian, Rafa y Douglas, que se había convertido en su mejor amigo. Ahora hablaba un español casi perfecto, pero seguía soltando expresiones inglesas de vez en cuando. Se levantó y le chocó la mano.
— ¿Nervioso?
— Un poco.
Los demás entraron en el Salón. Los dos amigos, que estaban algo más nostálgicos, miraron el patio que durante tantos años habían considerado suyo. De repente, una silueta asomó su cabeza por entre los árboles. Llegó cojeando hasta los chicos y les dio un fuerte abrazo.
— ¡Pero qué grandes estáis!La última vez que os vi erais dos retacos pequeñines. Seguro que ya tenéis hasta novia, ¿eh?
Luis estaba asombrado. Damián estaba completamente igual que la última vez que lo vieron. Incluso llevaba la misma ropa.
— ¡Qué de tiempo, profesor!
— Sí. En clase se echan se menos sus historias.
— Era mucho más divertido cuando se inventaba todas esas cosas…
Y estuvieron hablando mucho, muchísimo tiempo. Damián dijo que durante esos años había sido astronauta, y Doug y Luis rieron con ganas.
Al cabo de un rato, los altavoces anunciaron que en diez minutos empezaría la graduación.
— ¿Viene dentro a verla? — preguntó Douglas.
— No, no. No permiten entrar a los animales, y he traído a mi mascota.
— Pues entonces, luego nos vemos.
— No, tampoco. Tengo que irme ahora mismo, al veterinario. Es que visto los carteles de graduación y he entrado a echar un vistazo.
— Vaya…
Luis y Douglas se despidieron de Damián, pero él, antes de irse, quería hacerle al primero una pregunta:
— Y, ¿sabes ya qué quieres ser de mayor?
— Ya soy mayor, señor. — los tres rieron. — No, señor... la verdad es que me gustaría poder contar historias como las suyas.
— Hm. Ya veo. Escritor. Te gustaría escribir aventuras que fueran conocidas en todo el mundo.
— Sí. Algo de eso. Pero...
— ¿Pero qué?
— No sé, profesor. Que es imposible que yo llegue a tanto.
The sky is the limit. — dijo Douglas, poniendo una mano sobre el hombro de Luis.
Don't tell me the sky's the limit when there are footprints on the moon. — rectificó Damián, con un acento incluso mejor que el de Douglas. — Tú sé perseverante. Inténtalo de verdad. A mi me costó bastante aprender a convertir el plomo en oro…
Los chicos rieron, se despidieron y fueron como una bala al Salón de Actos, deseando contar a todos lo que les había pasado. Al mismo tiempo, Damián llegó cojeando al matojo del que había salido. Acarició a su lobo, sacó su varita del bolsillo, recitó unas palabras mágicas y desapareció.

lunes, 3 de septiembre de 2012

El Viajero Inesperado.


El viajero se sentó en la arena, a los pies de la duna. Los caballos habían salido corriendo hacía varios días, cuando aquellos bereberes intentaron asaltarle y acabaron con la vida de su compañero. Observó, impotente, cómo su carruaje era consumido por las llamas, y con él todos los recursos que tenía para poder subsistir el resto del trayecto.
Sin los víveres, estaba sólo a merced del desierto, lo que para él, un inexperto domador de equinos, era sinónimo de muerte próxima. Desechó toda esperanza que pudiera quedarle y se dejó caer bajo el sol abrasador. La tristeza recorría sus venas, y lo único que lograba mantenerlo vivo era el recuerdo de su familia. Ajeno a la causa de sus dolores, sólo esperaba que su hora llegase pronto.
El tiempo pasaba, y el viajero no sentía ni hambre, ni sed, ni calor. Justo al contrario; una sensación desconocida invadía su cuerpo y lo hacía sentirse cada vez más fuerte. Se levantó de un salto, cuando el sol empezaba a ponerse, y se puso en marcha. Avanzó sin rumbo durante horas, siguiendo los pasos que su corazón le dictaba. Ya entrada la noche, por increíble que parezca, logró ver en el horizonte luces que indicaban que la aldea estaba cerca. Se hospedó en una vieja posada y, al día siguiente, no había aldeano que no conociera la historia de El Viajero Inesperado, que con la ayuda del Espíritu del Desierto lo cruzó de este a oeste en un sólo día.
Muchos nativos aseguraban que era el Espíritu el que guió al viajero. Otros pensaban que despertó de un sueño profundo cerca de la aldea y lo contó a todos sin saber muy bien si era real o no. Pero la verdad es que no hubo ni pizca de magia que le ayudara a atravesar el extenso desierto. Fueron la perseverancia y los buenos recuerdos los que lo impulsaron a seguir adelante, para poder ver, al menos una vez más, a todos a los que quería.
Murió días después, enfermo debido a una fiebre muy alta. Y abandonó el mundo sin pena, sin dolor y sin remordimientos, porque sabía que había hecho todo lo posible y que su hazaña haría que los suyos estuvieran orgullosos de él.