jueves, 8 de mayo de 2014

Dónde vas con las Gafas Rojas

¡Muy buenas a todos!
Hace un tiempo, unos amigos y yo tuvimos una conversación que parecía tan trivial como todas las demás. Hasta que, claro está, salió el tema de YouTube. Entonces, nuestras cabecitas comenzaron a funcionar como motores frustrados. De un segundo a otro, no sé de dónde salió la idea, ¡bum!
 — ¿Y si abrimos un canal?
Y aquí estamos, a ocho de mayo, con el primer vídeo ya subido.
Aunque supongo que os preguntaréis que qué os importa a vosotros esto. Pues bien: entre otras cosas, el canal estará dedicado a vídeo-reseñas literarias. Lo que significa que, al fin, después de mucho, muuuucho, muuuuuuuucho tiempo prometiéndolo...

...redoble de tambores...

¡...voy a subir reseñas!
sí, bueno, son vídeo-reseñas.

Así que, sin más demora, en el siguiente post tendréis la primera, de Desconexión, de Neal Shusterman, uno de mis libros favoritos hasta la fecha. Y si además de la literatura os gusta el cine, o la música, o simplemente queréis pasar un buen rato...
¿Dónde vas con las gafas rojas?


martes, 11 de marzo de 2014

Concurso de El fin de los sueños

Hace un tiempo (en esta entrada) os hablé muy por encima de El Ciclo de la Luna Roja, una trilogía de José Antonio Cotrina que me cautivó por completo. 


Pues bien, esta es la portada de su nueva novela, escrita a cuatro manos junto a Gabriella Campbell y que sale a la venta el día 30 de este mes. El título me atrajo muchísimo (puede que por mi seudónimo hayáis descubierto que todo lo relacionado con los sueños me apasiona), y una vez revelaron la sinopsis tuve claro que quería leerlo.

 Dormir ha pasado a la historia en Ciudad Resurrección. Gracias a un sofisticado proceso que se creó durante la guerra, ya nadie malgasta ocho horas diarias en el descanso. Pero el cerebro humano sigue necesitando soñar. Por eso, una red controlada por el Gobierno elabora sueños artificiales, según las necesidades del inconsciente de cada individuo, con el fin de poner a punto la mente en pocos minutos. 

Una misteriosa joven aparece en los sueños de dos chicos muy diferentes: Ismael es el hijo de un artesano onírico clandestino de los suburbios; Anna es una privilegiada que vive en las alturas de la ciudad, hija de una importante burócrata. La joven les suplica que la salven, que la liberen de la oscuridad. Anna e Ismael se sienten inmediatamente atraídos por ella, y pronto descubren que no han sido los únicos que han recibido esas enigmáticas visitas. Pero ¿existe esa chica en el mundo real? 

Solo hay una manera de averiguarlo: adentrarse en el mundo onírico, donde no sirven las leyes de la lógica y la imaginación es la única vía para sobrevivir.

Si este libro os intriga tanto como a mí o simplemente queréis darle una oportunidad, estáis de suerte: los autores han creado un evento en Facebook en el que sortean un ejemplar firmado, además de un marcapáginas hecho a mano por Gabriella. Solo tenéis que votar por una de las seis citas del libro que os proponen: la que más votos reciba será elegida para el marcapáginas.
Animaos a participar! Y no olvidéis compartir el enlace :)

Más allá del cielo.

Hay un anciano sentado en un banco, a la entrada del cine. Cada pocos segundos levanta la vista hacia el reloj digital que hay encima de la cartelera. La última vez que mira es cuando el reloj marca las cuatro y veinte. Entonces, se frota las manos, se levanta y entra en el edificio. Cuando sale, el reloj indica las cuatro y media. Se vuelve a sentar en el banco. Ahora lleva unos trozos de papel en la mano, que guarda en los bolsillos.
Hay unos niños jugando en frente suya y, de cuando en cuando, echan miradas a la entrada del cine y señalan distintos pósters de la cartelera. Cuando terminan de hacerlo, se miran unos a otros, con las manos en los bolsillos, clavan los ojos en el suelo y dan patadas en el aire. 
El anciano se ríe cada vez que lo hacen, y fija la mirada en el horizonte, viendo algo que se esconde mucho más allá del cielo. Espera a que el reloj señale las cinco menos cuarto. Entonces, se levanta y se acerca a los niños. Al principio se alejan de él, pero dice algo que hace que todos sonrían, y vuelven a ponerse cerca suyo. Están un rato jugando juntos. Los niños siempre corren más rápido, más ágiles, y ganan, pero el anciano sonríe incluso más que ellos. En el instante en que comienza a respirar con dificultad, una sombra vuela por sus ojos. Acaba por tener que sentarse de nuevo en el banco. Los niños se sientan con él, y le hacen muchas preguntas. El anciano responde a todas y, una vez su respiración vuelve a la normalidad, saca del bolsillo los trozos de papel. Los reparte a los niños, que tienen los ojos muy, muy abiertos y la sonrisa igual de grande. Señala con su dedo arrugado el reloj, que marca las cinco menos cinco. Los niños siguen mirando con los ojos muy abiertos, y ríen y hablan y corren al interior del cine lo más rápido que pueden.
El anciano sonríe, pero es una sonrisa distinta a las que ha tenido antes. Se lleva una mano al corazón. Tiene los ojos brillantes, de nuevo fijos en el horizonte, esta vez con la certeza de ver algo que el resto de personas ignoran. Después de unos minutos, otro grupo de niños aparece y empieza a jugar cerca del banco. El anciano se seca los ojos, y alterna la mirada entre los niños y el reloj hasta que este señala las cinco y veinte. 

Se levanta y entra en el cine.


sábado, 11 de enero de 2014

El hombre de los ojos verdes. Capítulo X.


El descontrol se apoderó del castillo de Calegoría. Los recién llegados se preguntaban unos a otros quién era Saturno; no se habían enterado demasiado bien de la historia. Inno intentaba calmar a sus sirvientes, pero los pocos que seguían allí estaban chillando palabras incomprensibles, es decir, calegor puro y duro. Se oían gritos, golpes, cristales y espadas en la planta de arriba, acompañados de un continuo batir de alas casi hipnótico. Miré a Nico, Mónica, José y Carlos, que aunque temblaba había logrado incorporarse. Al parecer, el 31 de octubre no iba a ser nuestro día.
— ¡Evacuad el castillo! — sugerí, intentando que mi voz se oyera por encima del barullo. — ¡Todos fueraaaaa!
Los calegores y los chicos salieron corriendo, en relativo orden. Como casi siempre, la noche reinaba en Calegoría. Tardamos bastante en subir a todo el mundo en barcas para atravesar el foso, y los cocodrilos siguieron a José. 
Genial. Más gente.
Una vez en la ciudad, observamos que todos los calegores miraban con recelo la torre del reloj. Lo primero que llamaba la atención era que la aguja no señalaba ni Nychta ni Imera. Señalaba al frente.
A nosotros. 
Lo segundo, era la terrorífica visión de una criatura negra que escalaba como podía la empinada pared.
Al principio no supe muy bien de qué se podía tratar: no se parecía a nada que hubiera visto antes. Era cuellilargo y gigantesco, encorvado, con escamas grasientas recubiertas de babas, alas de mosquito, movimientos de cucaracha, ojos que ocupaban tres cuartos de su cabeza y una pequeña boca atestada de dientes. Bastante menos elegante de lo que imaginaba, pero se parecía…
— Un dragón. — Murmuró José, leyéndome el pensamiento.
El bichejo llegó a la altura del reloj a duras penas, descolgando y partiendo tejas y ladrillos que caían hacía nosotros. Entonces, su tamaño disminuyó hasta llegar al de una persona normal. El cuello daba vueltas sobre sí mismo, perdiendo longitud. Las escamas se escondieron bajo la tela de una larga capa negra, para mostrar una piel humana, oscura. Las alas de mosquito crecieron y se cubrieron de plumas. La transformación causó tal revuelo en la multitud que la mayoría salió corriendo.
En el lugar en el que hacía unos segundos había un dragón, ahora estaba Saturno, con cara de loco, vociferando insultos en calegor (aquel día acabé aprendiendo unos cuantos), dando puñetazos y patadas a la torre y moviendo desenfrenadamente sus alas de cuervo de arriba para abajo.
— ¡DÓNDE ESTÁ!¿DÓNDE ESTÁ? — gritó. — ¡QUIERO RECUPERAR LO QUE ES MÍO!¡AHORA!
Su forma volvió a cambiar. Ahora era una mezcla entre cuervo y halcón. Cayó en picado hasta nosotros y remontó el vuelo en el último momento. Se posó en el tejado de una casa y, sin transformarse, graznó:
— ¡TRAERÉ A MI EJÉRCITO PARA RECUPERARLO!¡LO HARÉ!¡Y, SI NO LO ENCUENTRO, SABED QUE NO QUEDARÁ NINGÚN CALEGOR VIVO PARA CONTARLO!¡EL QUE AVISA…! — su cara de pájaro forjó algo similar a una sonrisa. — El que avisa no es traidor.
Me miró fijamente durante un segundo que se hizo eterno. Acto seguido, giró la cabeza y siguió volando. Los calegores corrieron de un lado a otro, buscando refugio, y en unos pocos minutos acabé perdiéndome. Iba a contracorriente.
¿Qué significaba todo esto?¿Iba a empezar una guerra de verdad?¿Cuánto tiempo nos quedaba?
Oí que alguien me llamaba a lo lejos, pero apenas veía nada. No controlaba mis propios movimientos: los controlaban los calegores y los chicos de mi ciudad, los que corrían a mi alrededor en todas las direcciones y me arrastraban con ellos, haciéndome cambiar cada poco tiempo de sentido. No sé cuánto tiempo pudo pasar, pero conseguí salir de la marea humana y acabé en un callejón estrecho y mojado, que en otro momento había sido un pequeño canal. Me tomé unos segundos para respirar, y después subí a un viejo barril para poder ver la estampa desde las alturas.
— ¿Qué buscas? — Dijo alguien detrás mía. Me giré y vi a Dragomir, sonriente, con algo parecido a la funda del violín sobre la espalda y una larga capa roja deshilachada. Respiré hondo.
— ¡Menos mal que te encuentro!
— Eso, menos mal. Perderte en esta multitud habría sido muy desconsiderado por nuestra parte, ¿no crees, niña? 
No necesité nada más. Salí corriendo hacia la marea humana que casi me había ahogado, pero el calegor me agarró. Sentí que una corriente gélida me recorría el cuerpo, y pronto la presión de sus dedos contra mi hombro se volvió afilada, como agujas amenazando con clavarse en la piel.
— Dime, niña traicionada. ¿Qué te ha contado mi hermano sobre Calegoría?
— Muchas cosas.
— No te habrá dicho que soy el malo, ¿no?
— No, no.
— Al menos ha hecho algo bien. — El gemelo de Dragomir anduvo hacia delante, sin soltarme del hombro. — ¿Ves a todos estos calegores corriendo?¿Ves cómo están perdidos?¿Cómo no saben a dónde ir?
Asentí con rapidez, no solo por complacerle, sino porque vi que tenía razón. Todos se chocaban entre sí, caían al suelo y buscaban alguna salida por la que huir de la multitud. Estaban descontrolados. Desesperados.
— Ahora mira a los tuyos. Fíjate en los niños de tu tribu. Acaban de ser arrastrados a un mundo nuevo, desconocido para ellos. Y encuentran el triunfo antes de que lo consigan los que llevan lustros conociendo estas calles. ¿Es cierto lo que digo?
De nuevo, asentí. Un grupo de chicos y chicas que reconocí de mi colegio habían logrado subir al tejado de una casa, refugiándose de la marea humana (¿calegora?) y consiguiendo una vista aérea de parte de la ciudad.
— Pues yo estoy aquí para remendar ese error. Para hacer de los calegores criaturas de provecho.
— ¿A qué te refieres?
— ¡No hables si no te pregunto! — Rugió, apretando la mano en mi hombro. Las rodillas me fallaron, pero él no redujo su fuerza. — En tu tribu, desde que sois jóvenes tenéis líderes. Figuras a las que seguir. Podéis elegir caminos muy distintos, pero siempre habrá alguien al final, alguien que se vea desde el comienzo y que os de esperanzas de que no es imposible lograrlo. — Escupió en el suelo. — Pero nosotros no. No tenemos líder. El rey solo resuelve conflictos y se mantiene al margen del resto de situaciones. No hay héroes, niña. ¡Mira nuestras leyendas!¡Mira a Saturno y Khrónos, odiados por los calegores para el resto de la eternidad! Aquí nunca se consigue la gloria, y como no hay calegores gloriosos al final del camino, tampoco nadie tiene necesidad de seguirlo. — Tomó una pausa y miró a la multitud, que seguía dispersándose y reuniéndose de nuevo. — Están todos vacíos. Todos lo estamos.
Permanecí en silencio.
— ¿Tienes preguntas?
— ¿Cómo pretendes hacer de los calegores criaturas de provecho?
Aunque no podía mirarlo directamente a los ojos, vi que un brillo febril sacudió su mirada. Utilizó una sonrisa demasiado grande para su cara.
— Dándoles un líder al que seguir. ¿Lo entiendes verdad?¿No ves como todo encaja? Los calegores no hacen nunca nada. ¡Con un líder podrían ser poderosos!¡Podrían conquistar tierras, cumplir normas, ver un imperio crecer!¿No sería maravilloso?
— No lo veo así.
— Claro. Los humanos nunca lo veis así. — Masculló. — ¿Dudas?
— ¿A quién sigues?¿Saturno?¿Khrónos?
El gemelo de Dragomir se echó a reír, y por un segundo su mano se aflojó. 
— No sabes lo estúpido que resulta oír eso.
— No lo entiendo. Ahora que Saturno ha vuelto, y teniendo en cuenta que Khrónos sigue vivo, los calegores podéis elegir de qué bando estáis. Es como volver a vivir la guerra. — Dije, atreviéndome a hablar sin que él me cediera la palabra.
— En algún momento lo comprenderás. Ahora te basta con saber que estoy de parte de Saturno.
Volvió a apretar mi hombro con su fuerza al máximo, y esta vez no hubo lugar a dudas: clavó cinco dedos puntiagudos en mi carne. De la funda del violín sacó un tosco engranaje de metal negro, que tenía dentro de él un engranaje más pequeño, y dentro de ese otro, y otro, como las muñecas rusas. Con su mano libre,los giró todos hasta dejarlos en una posición que parecía buscar. Entonces, golpeó el aparato fuertemente contra la pared, y después de sentir que la barriga se me deshacía en tiras, aparecimos en un lugar que no se parecía en nada al callejón.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Day turns, today turns, today turns, today turns, today turns, today...



Los números son curiosos.

El año pasado fue el doce de diciembre del dos mil doce. El 12/12/12. Una fecha mágica, más aún teniendo en cuenta que probablemente no lleguemos a la próxima coincidencia de día/mes/año.
Ese día, a las doce y doce del medio día, pedí un deseo y le di un plazo de un año para cumplirse.
La última vez que actualicé el blog fue el cuatro de septiembre. Parece ser que por mucho que diga que voy a ponerme, que voy a hacer que esto sea algo en condiciones, no lo consigo. Después de muuuuucho tiempo, he abierto blogger y me he dicho que al menos tenía que publicar una entrada, que era la ausencia más larga que he tenido. Me ha dado por contar los días que os he dejado abandonados a los pocos que me leéis (si es que seguís por aquí). Y ha dado la maravillosa casualidad de que, incluyendo el día de hoy, han pasado exactamente cien días.
Cien días. No uno más. No uno menos. Exactamente cien.
El blog empezó en su cabecera con un "Tengo doce años. Me gusta escribir. Y espero que a ti te guste leer lo que escribo." Doce. Ahora ya tengo catorce.
Y hoy es el doce de diciembre, y aunque no sea el año dos mil doce, sigue siendo un día mágico. Y sé que es una tontería, que son solo números, y los números siempre acaban conectándose entre sí, pero nada me impide soñar. Y tampoco sé qué es lo que quiero soñar, porque en mi cabeza todo está muy claro, pero ni yo misma lo entiendo cuando lo intento sacar de allá arriba.

Disculpad que me vaya por las ramas, pero supongo que lo necesitaba.
Lo que quería decir de verdad es que sigo aquí, y que voy a intentar actualizar el blog con regularidad (es la primera vez que digo esto, ¿eh?). Pero, ¡sorpresa!, no solo voy a intentar eso:


LISTA DE COSAS QUE ONIROS VA A INTENTAR Y QUE PUEDEQUEALOMEJORCONSUERTE DEDICACIÓNDESPUÉSDETODO CONSIGA
  • Terminar de una vez por todas la historia de El hombre de los ojos verdes. Sí, Calegoría y su gente están incluso más abandonados que el blog en sí. Hace como año y medio que sé exactamente el número de capítulos que quedan, qué va a ocurrir en cada uno de ellos y cómo acaban los chicos (y Pump :D) y también sé quién es el traidor/a pero no os lo voy a decir porque no sería muy glamuroso. He pensado en, al terminarla, reescribirla desde el principio. Supongo que en estos años he mejorado algo mi escritura, y ¿qué mejor forma de comprobarlo que reescribiendo una historia? Así que será como cuando los escritores que ya están forrados sacan ediciones especiales de sus sagas con contenido extra y escenas nunca vistas (?). Por cierto, el fin de semana pasado compré El Ciclo de la Luna Roja, de José Antonio Cotrina menuda maravilla de trilogía leedla por favor necesitáis leerla y algunas cosas me recuerdan (bastante) a El hombre de los ojos verdes lo cual es preocupante teniendo en cuenta que hasta hace un par de meses no  sabía que esta saga existía a lo mejor veo el futuro.
Leed esta maravilla. Por favor.
  • Subir alguna reseña de vez en cuando. Sí, es otra de las cosas que ya he dicho muchas veces y que nunca hago. Pero me gusta leer libros, me gusta que la gente los lea y me gusta dar mi opinión. Así que perfecto si no fuera tan vaga y si no tuviera tantos exámenes pero the sky is the limit.
  • Empezar más historias. Pero, Oniros, si no eres capaz de llevar una historia sola, ¿cómo vas a llevar más?, grita mi conciencia. Y yo la ignoro y aquí seguimos las dos. 
  • Terminar una novela. Esto aparece tachado para que os parezca que está aquí por error, ¡pero no! Lo de terminar una novela va muy en serio. Porque empezarla es fácil, todo el mundo puede hacerlo si quiere, pero terminarla... Terminarla es harina de otro costal. He empezado muchas, muchísimas, y también son bastantes las que tengo avanzadas. Pero nada. No paso del primer borrador. Y voy a conseguirlo. Voy a conseguirlo.
Y me despido pero no me despido. 
Un saludo,
Oniros.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Karma.



El camino se estrechaba por momentos. La luz no llegaba al final.
Era difícil creer que iba a acabar así. Cubierto de polvo, manchado de barro, bajo una manta de escombros del que antes había sido su hogar. 
"Con lo que yo he sido…"
¿Existía entonces eso a lo que los supersticiosos llamaban karma?¿Eso de que tu futuro dependía de tus acciones en el pasado? Años atrás, su respuesta habría sido una negación irrefutable. Sin embargo, ahora que veía como las cenizas revoloteaban frente a la luna, recortando siluetas casi mágicas, se aferró a aquella creencia como si de su última esperanza se tratase.
Había sembrado terror entre los suyos, humillado y pisoteado a poblaciones enteras, menospreciado hasta al más poderoso entre los poderosos. Había hecho cosas horribles. Pero para él eran maravillosas. 
Su vida estaba vacía, y si había algo que no podía soportar, era ver que la de las personas de su alrededor estaban llenas. Con cada lágrima de terror que se derramaba por su causa, con cada grito de piedad que oía, se sentía más grande.
Eso era algo bueno. Algo bueno para él. El karma no era un contrato con letra pequeña como los que a tanta gente había hecho firmar. No especificaba quien era el beneficiario de las buenas acciones. Solo que el que las hiciera se vería recompensado.
El loco, entonces, comenzó a reír. Comenzó a reír como el demente que era. La gente que pasaba cerca de él se llevaba las manos a la cabeza. Le gritaban para que se alejara del fuego, intentaban acercarse para sacarlo de bajo las paredes que le habían caído encima. Probablemente hubieran oído hablar del loco, pero no del tirano que fue en otro tiempo. 
Las llamas comenzaron a consumirle. El camino se estrechó por completo. La luz se apagó. Ya no había cenizas en el cielo. Y tampoco quedaba rastro del viejo loco en el suelo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Viaje a Londres de los finalistas del CJT.

Han pasado más de dos meses, pero viendo este vídeo parece que seguimos allí. Si conocéis a alguien aficionado a la escritura, animadle a participar en el Concurso Jóvenes Talentos de Relato Corto cuando esté en segundo de la ESO. Es una experiencia inolvidable, lo más cercano a la magia que he vivido en mucho tiempo. De verdad.